jueves, 19 de junio de 2014

Per Filippo I

No voy a escribir éste texto con el propósito de que lo lean, sino, con el propósito de una vez por todas poder descargarme y hablar sobre mis sentimientos, de manera libre.

Hay un chico, un chico de ojos marrones, rasgados, de pelo castaño ondulado, alto y con una sonrisa enorme y amplia. Pero el físico no viene tanto al tema principal. Hablemos de su personalidad. Es un adolescente de mi misma edad, tiene catorce años, y los cumple cada veintinueve de agosto, lo conozco desde el siete de marzo del 2013; igual, si hablamos de ser amigos, lo somos desde principios de éste año. Éste chico, es la clase de persona que es capaz de sacarte una sonrisa por más oscuro que esté tu día, puede hacerte reír con la más mínima cosa, está loco (de la buena forma), siempre está con una sonrisa en su rostro, parece nunca estar mal, tiene la capacidad de estar de buen humor en todo momento, y respecto a sus sentimientos, es más frío que los dos polos unidos. Algo que hay que destacar sobre él es que es una persona que puede caerle bien a todo el mundo, y que se lleva bien con todos.

Creo que para contar ésta historia, tengo que empezar desde el momento en que comenzamos a hablar, y no me refiero al hablar de saludarse con un “hola”, me refiero al hablar de entablar una conversación.

En la escuela suele irme muy bien, no soy de las típicas “nerds” pero, entiendo mucho y me saco notas altas. Éste chico, es inteligente, claro, hace las mismas estupideces que todos los adolescentes hacemos a ésta edad. Un día, a fines de marzo, estábamos en clases de matemática, y me pidió ayuda con unos ejercicios, lo ayudé, y además de ayudarlo descubrí que era divertido ver la forma en la que me escuchaba, me prestaba atención y después cuando tenía que hacer sus ejercicios, se quedaba mirando su hoja sin hacer nada; porque varias veces entendía, pero las otras veces, no entendía absolutamente nada. 

Quedamos en sentarnos juntos cada día que tuviéramos matemática, los lunes, martes, y viernes. En realidad, no es que dijimos “los lunes, martes y viernes vamos a sentarnos juntos” sino que fue dándose que esos días él venía a mi banco, por lo que se hizo una costumbre.
Los días que me sentaba con el era imposible no reírme hasta el dolor. Eran los mejores días de la semana, y los únicos dos días en los que no me sentaba con el, lo extrañaba, suponía que no lo extrañaba a él en si. Sino que extrañaba sus chistes, sus charlas, su voz; extrañaba la forma que él me hacía reír sin ninguna razón.

Después de un tiempo de sentarme con el, unas amigas empezaron a hacer comentarios como “harías una pareja hermosa con él” ó “no te gustará él, ¿no?”. Al principio me reía, lo veía como algo imposible, lo veía como a un amigo. Hasta que pasó lo que menos quería que pasara. Empecé a verlo de forma distinta. Empecé a sonrojarme cada vez que me miraba a los ojos, empecé a tratar de verme fina y linda cada vez que sabía que iba a verlo, mi mente empezó a bloquearse cada vez que me hablaba, decía y hacía cosas estúpidas cuando estaba con él, me ponía nerviosa, y empecé a hablarles a mis amigos más cercanos todo el día sobre ésta persona que me hacía tan bien.
Con el tiempo mis sentimientos fueron haciéndose más y más grandes, y si hay algo en lo que no me destaco es en disimular mis sentimientos. 

Empecé a hacer dibujitos con su nombre, a hablar de él teniéndolo cerca, a gritar “lo odio, lo odio” en medio de la clase, a sonreír como idiota cuando me hablaba, a arruinar una amistad.

Un día, uno de mis amigos más cercanos, me habló y me dijo que una amiga le había contado a ésta persona, que tan bien me hacía, que yo “estaba re enamorada de él”. Cuando me enteré lo primero que me salió hacer fue estallar en lágrimas. Principalmente me sentí rodeada de personas falsas, pero lo que más me dolió fue pensar que todo iba a cambiar a partir de ese momento.
Por un tiempo no cambió nada, siguió todo igual.

La semana pasada, me enteré por voces de otros, que él había dicho algo así como que si yo sentía cosas por él “por ahí cambiaba alguna cosa, pero que no creía que cambiara mucho”, eso fue lo que me mantuvo tranquila.

Cómo antes dije, después de haberme enterado de eso, no se volvió a tocar el tema, siguió todo igual, nos sentamos juntos, el me hacía reír, yo fingía no sentir nada, él me pasaba canciones, yo buscaba cualquier excusa para hablarle, nos seguimos copiando en las pruebas, y nada cambió a pesar de que yo perdía la cabeza por él y él lo sabía.

Éste lunes, como los demás lunes, nos sentamos juntos, teníamos prueba de historia, nos reímos, hablamos, le ayudé en la prueba, y estuve más que feliz. 

Y de un día para el otro, cambió todo, absolutamente todo el panorama se dio vuelta. Como cuando estás en el parque con tus amigos, pasando un día hermoso, con un sol más que brillante y esa brisa de verano que te hacen sentir puro, y de la nada esa misma brisa que te hacía sentir tan puro, trae unas nubes negras como el carbón, negras y tristes como la soledad. 

El martes el tenía que sentarse conmigo, claro que no era obligación, pero como ya era una costumbre, supuse que iba a hacerlo. Pero al sentarme en mi banco, me di cuenta de que él ya se había sentado con otra persona. No lo tomé tan a mal porque pensé “debe ser solo por hoy”. Pero con el transcurso de los días se volvió peor, ya no me molestaba como antes, ya no me hablaba como antes, ya no me miraba como antes. Las horas de clase que antes se basaban en pura risa, en sonreír de la manera en la que sonríes cuando éstas enamorado, empezaron a basarse en sentarme sola, o con mi amigo. Pero era una sensación tan diferente, se sentía una sensación de vacío sentimental, como si algo me faltara. 

Del martes al viernes (el viernes tampoco se sentó conmigo) fueron tan solo cuatro días. Y fueron los cuatro días más eternos y sufridos que recuerdo haber vivido. 
Y no sé, ni entiendo, por qué es que estoy tan vacía y triste. No sé por qué él de la nada dejó de tratarme como antes. Siento culpa, porque mi corazón fue el que empezó a sentir el llamado “amor” por él. 

Y me cuesta tanto tratar de acostumbrarme a esto de ya no estar con él, a ésto de que se ponga al lado mio a hablar con mis amigas pero que a mi me ignore completamente, a ésto de tener que aceptar que lo que era antes tal vez no vuelva nunca. Me cuesta tener que llevar el peso de no saber si soy la culpable de que todo ésto haya cambiado o si es algo suyo. Y sobre todo, estoy harta de pensar “es solo por hoy, mañana va a mejorar todo”, y que “mañana” en vez de mejorar, empeore, y así todos los días. 

Últimamente mis días se están basando en llorar, mis días que se basaban en reír (porque tengo que admitir que soy de esas personas que se ríen en todo momento) pasaron a ser días amargos, con sabor a nada, días en los que la única cosa que se tiene ganas de hacer es dormir para olvidarse de todo, en ya no tener el suficiente ánimo para reírme, y en pensar todo el tiempo en qué hice mal en nuestra relación para que de la nada se arruinara todo.

Pero si hay algo que me molesta de todo éste problema emocional es que al haberle entregado yo todas y cada una de las partes de mi corazón, él tiene el poder de destruirme, como también de reconstruirme. Y por más que a veces llegue al punto de no aguantar mis lágrimas (sí, las lágrimas que él mismo dio a luz), si cruzo miradas con él, o me dice la más mínima cosa, es capaz de sacarme del pozo por al menos un par de minutos.

Hoy el día está nublado, con aspecto triste, como mis últimos días, parece que está por llover. Llover, llorar, tienen un parecido si lo piensan. Pero no quiero irme por las ramas. 

Después de haber escrito todo esto, no sé como ponerle un final. 

Como dije al principio, ésto no lo escribí con el propósito de que lo leyeran, sino que lo escribí con el propósito de descargarme, de liberar mis sentimientos. Porque aunque a veces escribamos para los demás, para que los demás nos lean. A veces, también necesitamos escribirnos a nosotros mismos, porque da una perspectiva distinta y nos hace entender mejor nuestros propios problemas. 

En fin, Per Filippo, “Para Felipe” traducido del Italiano.

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