Hoy, después de mucho tiempo de haber guardado mis enojos, mis lágrimas, mis angustias y mis melancolías. Tuve suficiente valor para ir y enfrentarte.
En un principio, cuando te vi ahí, dude si sería lo correcto expresar como lo hice mis sentimientos. Pero muy adentro mio una voz me decía "es ahora o nunca". Entonces, con mi voz entrecortada, mis piernas temblantes y mi timidez, tomé coraje y fui a enfrentar, a enfrentar mis miedos, mis paredes, mis enojos.
Estabas haciendo el regalo para tu amigo invisible (un juego que hacemos en mi curso de la secundaria, de seguro lo conocen), me puse a tu lado, te llamé y nos fuimos a la puerta a hablar.
Me mirabas con tus ojos marrones, brillantes como las estrellas. Te aclaré que hacer eso me ponía muy nerviosa, ya de por sí con la voz entrecortada. Y aún así me escuchaste, y no me interrumpiste en ningún momento.
En un principio tenía miedo de decirte todo, hablarte sobre mis celos, sobre las causas de mis enojos, sobre todo lo que me molestaba y nunca pude decirte. Empecé contándote el por qué de nuestra discusión, y ese por qué llevó a explicar mis celos, mis tristezas, y mis molestias.
Pero después de haber dicho un par de cosas, me diste la confianza, me diste ese "empujón" para decirte todo. Y en eso así como así, pude de a poco explicarme, y vos entender.
Y me funcionó, me liberé, soltaste mis cadenas, saqué todo lo malo de mi. Y te agradezco, profundamente, con cada una de las partes de mi corazón; que hayas podido entenderme. Que no te lo hayas tomado a mal. Que me hayas dado el tiempo para decirte todo, sin falta de palabra alguna. Que a su vez vos también me hayas dicho en parte lo que pensabas, porque de todo lo que hablamos, creo que lo que mejor me hizo fue el haber escuchado ciertas palabras salir de tu boca. Y gracias, gracias por haberme aceptado.
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