miércoles, 5 de octubre de 2016

Memorias del olvido

Escribo esto como conclusión de aquél amor y desamor que no dejó de hacer latir mi corazón hasta hoy. Escribo esto con la intención de despedirme, y dar vuelta la página a la que ambos siempre renunciamos a voltear. Y si escribo palabras en una hoja de papel, no es más que un simple gesto que muestra el porqué de nuestra falla, porque no supimos mirarnos a los ojos y despedirnos, como dos miedosos al dolor y al qué vendrá.


Después de mucho dolor, de muchas noches de insomnio, de pensar en qué estarías haciendo, leerte a costa de cualquier cosa, dejar caer lágrimas llenas de bronca, dolor, nostalgia, decepción y ese amor que no fue. Elegí sacar fuerzas de donde no las hay, como cuando tocas fondo y te las ingeniás para volver a ver ese rayito de luz. Elegí hacer eso porque caí en la cuenta de que ni vos ni yo nos merecíamos el uno al otro, que claramente eramos piezas de un rompecabezas de amor que no estaban destinadas a encajar. Pero lo intentamos, y si estoy despidiéndome, es porque un día fuimos.

Y mientras la tinta de la lapicera se acaba, así también lo hacen mis ganas de llorarte. Y es en este mismo momento, que las hojas se humedecen al caer mis últimas lágrimas por vos. Y me trago el nudo en la garganta, y trato con mi mayor voluntad tragarme también las lágrimas que cargan consigo una infinidad de recuerdos. Y me despido, porque cuando el amor duele, es mejor irse.

Hoy elijo guardar nuestra caja, llena de papeles, entradas, fotos y recuerdos de ese amor que fue pero fracasó, en lo más profundo de mi armario con el fin de no verlos más. Como así también voy a hacer con los recuerdos, de risas, “te amo”, miradas, llantos, gritos, orgasmos, abrazos, besos; voy a guardarlos en lo más profundo de mi corazón y encerrarlos ahí, para no dejarlos salir jamás y que mueran olvidados.

Aún así, creo necesario conmemorar esos pensamientos que invaden mi mente a diario, tu cuerpo rozando mi cuerpo en un abrazo piel a piel, mis ojos admirando el amor que un día encontré en los tuyos, mis piernas enredadas en las tuyas buscando el calor en una noche de invierno, verte caminar a lo lejos, sonreír y que todo concluyera en un abrazo lleno de calidez, perderme en un orgasmo, admirarte como Narciso admiraba a su reflejo. Sí, fue amor. Pero tal vez fue la pasión inacertada, los te amo no sentidos, o la fidelidad poco obstinada, que no quisieron vernos juntos, y nos dejó siendo esos “dos amantes del montón”. Y como dice la letra de esa canción, aunque tuvo momentos de poca gloria, es un cuento que merece ser contado. Porque fue una historia, una tragedia vivida a flor de piel, y no dudo en pensar que un día amarnos fue nuestro estandarte.

Y el cuento llegó a su fin, y la pasión inagotable se agotó, el calor exuberante de tus abrazos se transformó en una frialdad incluso más fría que mis manos en busca de tu calidez en las madrugadas, y ese amor que decíamos tenernos, ese amor eterno, concluyó en un amor efímero.

Hoy te escribo por última vez, como lo hizo Neruda, admitiendo que ella fue su amor, y que lamenta el final, pero aún así terminando con “aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo”. Te dedico estos párrafos para pasar al mañana sabiendo que dejé todo acá, y que mis sentimientos (los buenos y los malos) quedaron plasmados para siempre en un papel, con el objetivo de no moverse jamás de ese lugar, y ser consumidos por el olvido. Algún día de estos me voy a encontrar brindando por lo que fuimos juntos, y por lo que somos en caminos separados, pensando que fui feliz, que aprendí y que cada “te amo” lo dije sintiéndolo con el corazón.

“Hoy mis ojos no te ven,
hoy mi boca no te nombra,
nadie sabe que me hiciste, mi amor,
solo mi cuerpo y tu sombra”

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